Danza en el lago, segunda edición
Monday, October 20th, 2008
Sábado, ya es tarde y nos apuramos para llegar al Centro Cívico del Este de Los Ángeles, el que reinaguraron después de casi un decenio de construcción y que queda al otro lado de mi casa en este barrio de 130 mil almas, pasando la zona de los cementerios que las ciudades apilaron por aquí y cruzando por debajo de la maraña de freeways que aquí se entrelazan y desencuentran y despiden para todas partes.
Ya es tarde pero la gente se quedó en la calle Tercera. Son mis vecinos, todos prácticamente latinos, incluyendo señores hispanos con el uniforme del Sheriff y los guardias que dirigen el tránsito y quienes operan los puestos de comida y los músicos en el escenario, y un público entusiasmado, casi mil personas ya de noche vitoreando a la banda Tierra, formada aquí en 1971 por los hermanos Rudy y Steve Salas.
Tierra interpreta sus éxitos de antaño, con preciocismo vocal, elementos de jazz y rock chicano clásico y su hit Together, que llegó en 1981 cerca de la cima nacional de ventas.
Los miembros de la banda, la policía, el maestro de ceremonias, hablan en inglés. La mayoría del público, en español.
“Alguien me preguntó si sabíamos tocar cumbia”, brama Steve Salas. Lo hacen, y el anfiteatro natural que desemboca en el escenario y luego en el pequeño lago del parque Belvedere, y en una extensión de césped detrás de los edificios se desdibuja y metamorfosea en pista de baile.
Primero, salen las muchachas; luego las madres con sus niños y finalmente aparecen las parejas, y bailan y cantan al aire libre en una encantadora noche de primavera, en un espacio para respirar hondo y gozar, en pleno Este de Los Ángeles, y también el escenario se llena muy pronto de mujeres y hombres de todas las edades, riendo y danzando, como también danzó este columnista.
En el centro del anfiteatro, pegada al tablero del sonido e iluminación, la supervisora del condado Gloria Molina, menuda, cubierta con un poncho, baila sola.
“Estoy feliz”, me dice. “Especialmente porque veo a tantas familias que vinieron aquí con sus hijos”.
Esta aglomeración urbana que habito, el Este de Los Ángeles, con su 90% de latinos, que festeja esta semana 150 años aunque le documentan al menos 156, depende para todo del condado. Pese a su historia particular e identidad propia, a ser origen de una cultura chicana que vibra en todo el país, no es ciudad. Algunos, como la senadora estatal Gloria Romero y la congresista Grace Napolitano, quieren que lo sea.
Mientras tanto, su representación política está dividida, en la Asamblea, en cuatro partes, en el Senado estatal y el Congreso, en tres fracciones.
“¡East Los, sí se puedeee!”, gritan desde el escenario, y ese grito une al Este de Los Ángeles de antes, el chicano, el del inglés, con el Este de Los Ángeles de ahora, de los inmigrantes. Les dan la bienvenida. Y la gente enarbola sus puños, y la fiesta sigue. Vendrá Willie G y luego fuegos artificiales.
El Centro Cívico: con biblioteca, zona de esparcimiento, en breve una clínica, la estación del Sheriff, el tribunal, y se viene la estación del Metro. Cruzando la calle, un nuevo centro comercial con ese presunto logro del globalismo, el café en vasito de cartón.


