Primero, cantó Liza Minnelli. La voz cálida, las inflexiones precisas, los tonos perfectos. Miraba emocionada a cada uno de los novios, sus amigos, y cantaba.
Después fue el turno de Barry Manilow, flaco, tieso y virtuoso en el piano, en una tonada de amistad y esos amores que duran años.
Michael y Terrence, casi inmóviles, temiendo respirar, escucharon al ministro Gabriel Ferrer —sí, el hijo de José Ferrer y el esposo de Debby Boone— cuando les profesó su cariño y admiración. Y luego, la juez Judy —si, la de la TV— los casó: “Bajo la autoridad que me otorga la ley de California, los declaro… casados”,dijo.
Después vinieron los vivas y lágrimas de alegría de los padres y de una larga lista de celebridades.
El casamiento del cantante Michael Feinstein y su compañero de 11 años Terrence Flannery, nuestros amigos, el 17 de octubre en Los Feliz, fue uno de 14 mil entre personas del mismo sexo desde que la Suprema Corte estatal lo legalizó.
El ritmo de las inscripciones en los registros civiles de parejas de hombres y de mujeres se incrementó exponencialmente a medida que se acerca el día de las elecciones.
¿Por qué? Porque mañana, además de elegir Presidente, 52 congresistas, 80 asambleístas, 20 senadores estatales y un sinnúmero de medidas y funcionarios, los californianos votan a favor o en contra de la Proposición 8, que pretende revertir la situación y prohibir los matrimonios gay mediante una enmienda en la Constitución estatal.
Muchos temen que la propuesta se apruebe y por eso corren a casarse. Quienes proponen la medida piden volver al matrimonio tradicional y estable. ¿Estable? Más de la mitad de los matrimonios en Estados Unidos termina en el divorcio. Muy estable, no parece ser.
Pero Michael y Terrence sí estaban felices por ampararse en esa institución. No parecían estar “pervirtiéndola”. Quizás lo contrario. Se dieron un gran beso y siguieron su vida.
En una discusión, me preguntaron si me preocupa que uno de mis cuatro varones “salga” homosexual. Sí, muchísimo, dije, porque estaría condenado a una vida de opresión, a ocultar una identidad que, francamente, no le debería interesar a nadie.
En las condiciones actuales es común para gays y lesbianas vivir una vida doble. Nadie sabe, o nadie parece saberlo, en su trabajo. Sufren enormemente cuando deben abrirse con sus padres, “confesarse”, le dicen, como si le estuviesen cometiendo un mal a alguien.
Esa vida es difícil y emocionalmente intensa. María, otra amiga, se enteró que su compañera de años había roto con ella cuando halló todas sus propias pertenencias —ropa, libros, adornos— tiradas en la calle frente a su casa de Eagle Rock, con vecinos sonrientes rondando como aves de rapiña.
Roberto, que es abogado, tiene que viajar a otro país para ser él. Vuelve y se pone la máscara.
Marla tuvo que casarse en Canadá, antes que ello se hiciera legal aquí. Ahora, para divorciarse, debe volver a Montreal. Marla tuvo que casarse en Canadá, antes que ello se hiciera legal aquí. Ahora, para divorciarse, ella y su esposa deben volver a Montreal.
La Proposición 8 quiere volver el reloj de la historia hacia atrás, hacia la discriminación institutionalizada. Quiere replantear una guerra cultural caduca. Pretende representar “valores”, pero los únicos que enseña son la intolerancia y el entrometimiento en la vida ajena.
Dejémosla de lado y sigamos adelante. ¡Como si nos faltasen problemas!
Y de regalo, una pequeña alocución de uno de los grandes: Itzjak Perlman, el violinista.
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