La gran ventaja de viajar en bus por los Estados Unidos es que se conoce, se huele, se ve y se escucha a la gente. A todo tipo de gente, que comparte, por horas, un silencio que se quisiera fuera inquebrantable; las paradas a comer, hacer necesidades corporales y a fumar y calmar la sed.
Las conversaciones pueden empezar espontáneamente tanto en la fila de un McDonalds, en el baño, durante los trasbordos, como en los paraderos de los camiones o cuando es hora de cerrar la puerta del bus, y todos empiezan a mirar a su alrededor.
¿Están todos a bordo?
No, esperen, la señora, la de la silla de atrás, no está.
“Yo la vi en el baño”
“Yo la puedo ir a buscar”
Es una complicidad que se acaba cuando cada quien llega a su destino, recoge su maleta y deja atrás la estación del audaz perro Greyhound. En su pagina Web dice que 16000 buses recorren 3100 rutas d
A lo largo y ancho de este país, cada día. En esos recorridos en el ombligo de esos buses miles de personas empiezan y terminan conversaciones que pueden terminar en amistades o relaciones duraderas o tan efímeras como una parada de autobús.
Después de 37 horas de viaje y de haber pasado por Pensilvania, Ohio, Indiana, Illinois, Missouri, Kansas y Colorado, hasta llegar a Denver no vi una sola valla publicitaria de los candidatos dirigida a los viajeros, ni calcamonías, ni camisetas o pines que mencionaran a los candidatos. La política, las convenciones, la presidencia o la guerra no eran temas de conversación en esta ruta terrestre. De hecho, mientras la conversación entre dos mexicanos sentados en la silla de adelante era sobre Jesús, los dos morenos de atrás hablaban sobre el crack y la heroína creciendo en L.A.
Los nombres de Obama y McCain sólo los oi nombrar al hacer entrevistas, con mi cámara, a los hispanos que subían y bajaban del bus. Cada uno con su propia agenda y su propio punto. Hubo pocas afirmaciones sobre partidos políticos o convenciones.
Por ejemplo toda la familia de Salomón de Honduras, va a votar por Obama. El, su esposa y su hijo.
“Necesitamos un cambio”, me dice. Pero cuando le cuento que el vicepresidente que escogió Obama no fue Hillary Clinton, sino el senador Biden, su cara pierde la sonrisa. Y me dice: ¡Ahora sí ganó Mcain!
La mujer brasileña, que viajó desde Nueva York hasta Salt Lake City con sus tres hijos y su mamá, no puede creer que la gente no vea que Obama es un izquierdita-comunista disfrazado. Con un tono preocupado dice: “Suena como un líder popular tercermundista”.
Para la mexicana que se estaba mudando de New Jersey a Denver, no duda que sea Obama que gane, ella no puede votar, pero ve a Obama de presidente. Me dice con una sonrisa en su cara: “El es de nuestro mismo color”.