El árbitro, solo y a solas contra el mundo…
La FIFA ha cerrado la puerta —con doble candado de intransigencia— a la tecnología en el deporte.
Ha hecho ensayos que luego ha desechado.
Ha dicho que para respetar la pureza del futbol trata de mantenerlo, en la disputa deportiva y en el ejercicio del trabajo arbitral, en su estado original posible, aunque esto signifique rozar lo primitivo, lo rústico, lo rudimentario.
Ha descartado el uso de la repetición en pantallas, y desechó el chip en los balones para determinar cuando el balón penetra plenamente a la portería.
Ha descartado el intercomunicador entre los silbantes y se ha negado a que las cédulas arbitrales sean manejadas por Internet.
Y sin embargo, hay detrás de ello una mentira.
Si las repeticiones televisivas no pueden y no deben usarse como elementos de juicio para determinar decisiones arbitrales, hay una violación histórica a la determinación de la FIFA.
Vamos con un ejemplo perdurable.
Final de la Copa del Mundo en Alemania. Italia contra Francia. El Estadio Olímpico de Berlín, abarrotado y todo, fue testigo, sin testimonios humanos, de una provocación y de una agresión, flagrantes ambas.
Materazzi azuza a Zidane y el astro se voltea y le planta un cabezazo seco en el pecho.
El balón estaba en el otro extremo de la cancha respecto a donde se desarrollaba esa escena, que después trastornaría el juego y la final misma del Mundial mismo.
Nadie se dio cuenta de la escena.
Bueno, casi nadie.
Excepto un personaje metido en la vida deportiva, con memoria eterna e incapaz de ser sobornado; manipulable sí, corruptible nunca: la cámara de la televisión.
Ni jueces de línea ni árbitro se dieron cuenta de lo ocurrido.
Los dos hubieran quedado impunes.
Ni Zidane hubiera sido echado vergonzosamente, ni Materazzi hubiera permanecido en la cancha, según él herido de muerte, indecorosamente.
Sin embargo, el cuarto juez, Luis Medina Cantalejo, español, ni tan gallego, se asomó a las cámaras de producción interna en la cancha y vio la escena claramente: Zidane, con fiebre y comportamiento de rinoceronte, embistió al italiano que, después se sabría, le mordisqueaba la dignidad hablando porquerías de la hermana y la madre del francés.
Cantalejo, vio y no calló.
De inmediato fue sobre el juez central argentino Horacio Elizondo y le explicó lo que vio en el delator e imparcial monitor.
Conforme a la FIFA, Elizondo debió cerrar los oídos ante la boca y los ojos abiertos, desmesuradamente ambos, de Cantalejo.
Chisme para algunos, denuncia para otros.
El silencio hubiera sido una injusticia. Romper el silencio no fue, tampoco, necesariamente, un acto de justicia.
Si Cantalejo fisgonea y se calla, habría sido grave.
Si Cantalejo fisgoneó y denunció, fue grave porque se contravino el reglamento.
Quede claro: era imprescindible que el árbitro hiciera su función de cuarto juez, pero quede claro que lo hizo violando el reglamento.
Y quede claro: callar habría sido un crimen, hablar terminó siendo una violación a las normas.
Todo esto para establecer que ya es tiempo de que la FIFA se modernice.
La modernidad ha rebasado los preceptos anacrónicos de la FIFA.
La modernidad ha puesto en desventaja a los árbitros.
La modernidad ha puesto en evidencia a los árbitros.
La modernidad ha puesto en crisis al arbitraje.
El futbol, en complicidad a veces, en desamparo a veces, víctima a veces de la televisión, se ha ido acomodando perfectamente en los tiempos de modernidad.
De repente los jugadores quedan exhibidos, como el caso de Fabián Cubero, por hurgarle con los puños en la encorvada humanidad de Cuauhtémoc Blanco.
De repente los futbolistas quedan expuestos con su lenguaje corporal, rebasando los límites de la decencia y los buenos modales que demanda el Manual de Carreño, cuya edición 2007 ya está a la venta.
Pero, por ejemplo, hay manera de restañar injusticias.
El uso del video, que se utilizó para sancionar a Cubero, pudo ser utilizado, pero de inmediato, para impedir que, tal vez, el Santos saliera con tres puntos ante San Luis, al que le fue anulado un gol legítimo de Irenio Soares, y que de no ser por la potencia y velocidad de disparo y rebote, uno terminaría por llevar de la mano al árbitro Jaime Herrera y a su línea a comprar un lazarillo o al menos un perro de aguas para que los guíe por la vida ante tan increíble ceguera.
Recurrir al video a toro pasado no va a cambiar ni veredicto ni sentencia ni resultado.
El hecho de que San Luis enviara ayer un video con la escena de ese gol legítimo, pero ilegitimizado por el silbante, ya no sirve.
El resultado no se va a perturbar, aunque San Luis se vea perturbado por la consecuencia de una derrota que pudo, al menos ser un empate.
Lo grave es que este capricho o cobardía de la FIFA para no implementar las repeticiones como auxilio del árbitro está dejando al único hombre solo en el cancha, desamparado, desprotegido, con sus propias virtudes como único arsenal, mientras televisión, tribuna, jugadores, cuerpo técnico, directivos, y a veces hasta sus propios jueces de línea, están dispuestos a sentenciarlo.
Habría cosas que legislar, revisar y resolver. Desde el tiempo de los juegos, la autoridad del cuarto árbitro, y por supuesto, la sabiduría para saber resolver qué jugada puede discutirse y cuál no porque lamentablemente, con la corte de Magdalenas y plañideras que son la mayoría de jugadores y técnicos, y su escaso profesionalismo ante la autoridad, podría provocar que cada partido se resolviera hasta el Día del Juicio Final, por la tarde de preferencia, ya que el Señor haya terminado de resolver algunos asuntitos un poquito más importantes.

March 14th, 2007 a las 5:52 pm
Hola Rafa!!
Esta es mi primer vez que te escribo. Mas no es la primera que quiero hacerlo. Ahora justo tengo tiempo para pedirte que escribas sobre el comunicado que publico el Club Buracrata de Guadalajara, mejor conocidas como Chivas. Es para indignarse. Que se creen? Que por un miserable campeonato que han Ganado en los ultimos 10 a~os ya hay que solicitar por escrito entrevistar a algunos de sus jugadores o cuerpo tecnico. Que absurdo! Que tonteria! Te lo encargo. Echale duro de tu ronco pecho. Jajaja
Atentamente,
Jesus Pacheco