Los dioses de Sodoma y Gomorra
LAS VEGAS, Nevada.— Esta ciudad, donde el pecado es no pecar, donde la virtud es un pecado, está divida en dos ecos por la pelea que tendrá lugar el próximo sábado.
Si alguien grita en Las Vegas “De la Hoya”, a la distancia, distorsionado, el eco responde “Mayweather”.
Y viceversa.
Esta ciudad, más mundana que ninguna y más elitista que ninguna, tiene trepados en espectaculares, en pantallas gigantescas, en los postes, en las paredes, en los deodorizantes de los retretes, en las camisetas, en los cielos, en los suelos, un solo mensaje: “El mundo espera”… y de tanta espera, ya desespera.
A esta ciudad le tiembla el pulso. Y es precisamente el pulso que hace temblar a esta ciudad: el de los apostadores.
Las apuestas siguen 2-1 a favor de Floyd Mayweather, pero los que apuestan siguen apostando por Óscar de la Hoya.
La cita es el 5 de mayo. Fecha histórica de la Batalla de Puebla para los mexicanos, pero esta vez la batalla será por la batalla del hijo adoptivo del pueblo mexicano.
Y como todo terremoto, el combate del sábado tiene su propio epicentro.
El MGM de Las Vegas se ha convertido en una ciudad dentro de esta ciudad, en un universo dentro de este universo.
Y no sólo por el constante, inagotable y despilfarrador turista.
Sino porque entre la prensa acreditada, la diversidad es sorprendente.
Medios de China, Australia, Japón, Filipinas, Puerto Rico, Canadá, Uruguay, Argentina, España, Alemania, Polonia, Rusia, México se han acreditado para relatar su perspectiva del combate a la universalidad que hace del boxeo una forma de pelear con la vida sin pasársela peleando por la vida.
Inicialmente se acreditaron 1,025 medios informativos. El penoso proceso de selección dejó a sólo 675 propietarios de un salvoconducto para ingresar al combate en la arena del MGM.
El resto recibió un boleto para situarse en una lujosa sala especial, situada en el “patio trasero” del lujoso coliseo asignado para el combate.
Ayer, simplemente, en la parafernalia de la alfombra roja para que Óscar de la Hoya y Floyd Mayweather hicieran su entrada triunfal al MGM, unos 70 medios de comunicación enloquecían ante la escasez de espacio, de tiempo y de momentos para poder recopilar material y mostrarle al mundo la histeria por esta pelea que pretende hacer historia.
Queda claro: todos saben más de boxeo que los contrincantes y sus respectivos entrenadores.
Freddie Roach no sabe tanto de Mayweather como para saber guiar a De la Hoya.
Y Roger Mayweather no sabe tanto de Óscar como para saber guiar a Floyd este sábado.
Ante las máquinas tragamonedas, frente a las mesas de blackjack, mientras coquetean con los giros sospechosos de la insospechada Diosa Fortuna de la ruleta, en el caso del hotel, los augurios parecen venir de sabios.
“Es que Óscar nunca va a alcanzar a Mayweather. Ya no tiene esa velocidad. Nomás le va a ver la sombra y a sentir el jab de Floyd”, explica uno.
Y el eco inconforme del tipo de enfrente riposta de inmediato. “¿Qué no acabas de ver a Óscar? Está mejor que nunca, seguro lo acaba antes de los 12, todo depende de que se mueva bien hacia los costados, que lo arrincone”.
Hasta ellas, golpeadas por la vida o no, por el marido o no, se atreven a pronósticos, aunque con más fundamentos de progesterona que de boxeo.
“Es que de los dos, Óscar está más guapo”, dice una mujer que parece haber rebasados los 50 y que hace acopio de maquillaje para que no parezca estar en los 60.
“Pero el ‘Pretty Boy’ se ve sexy, se parece a Wesley Snipes, se me antoja, así bruscote, mandadote”, responde su compañera de martinis y de repeticiones hasta el cansancio de la serie Esposas Desesperadas, mientras juega en la boca con los huesos de las aceitunas… del martíni.
Como sea, con los apostadores tomando la temperatura para predecir lo impredecible y poner a jugar la codicia de quienes apuestan, en esta ciudad del pecado, con sus constelaciones lúdicas y lujuriosas apostadas en cada esquina han colocado a De la Hoya ya a Mayweather como dos dioses paganos.
Quedó más en evidencia en el desfile triunfal de ayer en el lobby del hotel.
La turba, más turbada que nunca ante la cercanía de los ídolos, ve íconos, ve figuras, ve figurines, ve porcelana, más que atletas, boxeadores o guerreros.
Incluso Mayweather, tras la prolongada abstinencia de carnes, de todo tipo, parece relamerse los labios y no por una de esas hamburguesas de una libra con otra de papas fritas que sirven en el hotel, sino por la morena de pelo ensortijado que dedica más tiempo a ese trozo de alimento que al mismo peleador.
Óscar mantiene la mesura.
Prueba de ello una de sus respuestas.
–Óscar, cuenta la leyenda que antes, en este tipo de pasarelas, las mujeres te aventaban brassieres, esta vez no pasó—
“Ja, ja, ja, ja, ja”, se carcajea divertido llamando la atención en el vestíbulo de salida, ya lejos de la muchedumbre. “Es que saben que ya estoy casado… ¡y con una boricua!”, para establecer que lo que pertenece a una mujer de la Isla del Encanto, no se toca.
