Una joya de Ghandi para Hugo…
NUEVA YORK.— Hay equivocaciones que se lamentan y equivocaciones que se disfrutan. Las primeras se esconden, las segundas se ostentan. Vaya si hasta cabe la tentación de presumirlas.
Siempre, siempre, desde la peculiaridad de esta profesión, donde, antes que nada, uno desmitifica a los mitos y a los ídolos, donde primero los procesa estrictamente como seres humanos con una bendición notable con la que fueron elegidos, predestinados.
Porque no hay dioses.
Y no hay nada más pobre, más frágil, que un país que necesita de héroes y de mitos, más aún cuando los reclama en terrenos banales como el deporte o la frivolidad del espectáculo.
Hay, sin embargo, en esos seres humanos que dudan entre apoltronarse en el nicho o pisar la Tierra y la tierra, bajándose de ese altar efímero de la fama, momentos, frases, reflexiones, situaciones, reacciones, aleccionadoras para todos, porque donde ellos viven, como ellos viven y entre quienes ellos viven, hay pasajes de sabiduría a los que sólo se tiene alcance platicando con ellos cuando saben bajarse de esa estratosfera traicionera y peligrosa que es la fama.
Pero, no hay que olvidar que si Jesucristo no puso renunciar a ser Dios, qué puede esperarse de los hombres…
Antes de que reciba el primer ataque con cirios y velas de alguna cofradía que me considere hereje por la reflexión anterior, que además no es mía, pero es sustancial y deliciosamente verídica, es un preámbulo, tal vez prolongado para hablar del fenómeno Hugo Sánchez.
Siempre cuestioné su condición de ídolo. Tal vez porque en la oportunidad constante de seguir su carrera desde selecciones juveniles, fui encontrando la metamorfosis de la oruga sencilla, humilde, casi silenciosa, hasta el estallido de la mariposa con todos los matices de la vanidad y la gloria, cuando el goleador empezó a recoger en las redes la veneración pública de dos naciones: la mexicana y la española.
En ese afán, imprescindible por cierto en este oficio, de desmitificar a las grandes figuras, era fácil ver al Hugo Sánchez que otros no han podido ver y en ese afán de igual a igual, me atreví incluso a agradecerle aquel obsequio monumental del gol de chilena a Logroñés de España, que es una de esas 100 imágenes en la vida que uno quisiera retener hasta en la memoria rota de la muerte.
Hugo ha dejado constancia de su capacidad de convocatoria. Su personalidad, en este caso, rebasa a la selección misma. Sin poder precisar fielmente con qué tono y con qué intención lo dijo, Rafa Márquez fue puntual al declarar en España que “la figura de esta selección mexicana es Hugo Sánchez”.
Y no miente. Queda la razonable duda de si fue un elogio o una queja, de si fue un pronunciamiento o un desliz.
Lo cierto es que es cierto.
Si en sus encuentros previos Hugo y el Tri fueron llenando estadios, la manifestación impactante de la forma en que convocó en San Luis Potosí a los aficionados fue una confirmación. No por los 40 mil que ingresaron, peligrosamente por cierto, al estadio Alfonso Lastras, sino por la cantidad de gente que se quedó fuera.
Hay que recordar que cuando se fue Ricardo La Volpe cuestionó si su heredero generaría tumultos como según él, lo hizo él mismo con ese trato déspota a la afición.
Ya no debe tener dudas el argentino errante. En estos juegos que sumará México antes de la Copa de Oro, ya rebasó los ingresos que dejó La Volpe en el mejor de sus años con el Tri, en 2005.
Del partido poco qué decir. México debe mejorar mucho y sólo es cuestionable porqué mantener en la cancha al “Gringo” Castro, un extraordinario velocista pero ciego, total, técnica y cerebralmente ciego, quien le restó acompañamiento, fuerza y equilibrio a lo que hubiera podido generar Nery Castillo, quien cumplió empeñoso, pero, como pasa siempre, quiso anotar por necesidad y falló por obligación.
Gerardo Torrado puso en evidencia a Isaac Mizrahi. El tipo, inteligente, conserva lo que aprendió en España, lo que aprendió con Romano y que le ha maniatado el eterno aspirante a técnico, segregado ya de la familia lavolpista por cierto.
Retomando el fenómeno Hugo, o esta Hugomanía –como pronto los siempre retrasados promotores del Tri lo manejarán–, tiene aristas peligrosas. Algunas muy peligrosas.
Sí Hugo y su Tri desencadenan expectación, lo cierto es que ésta es dinamitada por la mezcla de circunstancias.
Se confabulan desde una afición anhelante, que se permite soñar con las dos coronaciones agregadas: el Mundial Sub 17 y el Pachuca en la Sudamericana, y que piensa que esta selección con su máxima figura en la cancha, aceptando lo de ídolo pues, los lleve a las mismas alturas que alcanzó como jugador, porque, queda claro para todos, difícilmente en España surgirá otro Pentapichichi.
Es deseable que esta gesta con Hugo llegue a mejores territorios que todos sus antecesores, porque de otra manera la hecatombre de una nueva desilusión sería de proporciones más severas.
Como convocatoria a esa afición leal, que se permite resucitar cada cuatro años de las cenizas del fracaso de su futbol, vale la pena que Hugo le entregue como reconocimiento una de tantas deliciosas herencias de Ghandi: “Dicen que soy héroe, yo, débil, tímido, casi insignificante, si siendo como soy hice lo que hice, imagínense lo que pueden hacer todos ustedes juntos”.

June 5th, 2007 a las 7:37 am
Excelente columna (”Carta abierta a Cuauhtémoc Blanco”) excelente palabras que nos llevaron a lo largo de tu articulo con los sentimientos en la mano, pero no estoy de acuerdo en juzgar demasiado un acto que muchas veces han hecho otros jugadores y nadie dice nada
Es lógico y entendible el dolor por lo que vivió y pasó justo segundos antes cuando probó la miel de su gol y a los 10 minutos la cuchillada final a su carrera
Benjamín Jimenez
Periodista deportivo Independiente
México DF.