El Día D, de David…
El Día D, de David
Irónico. El Día D. El día de su debut como titular. El día de su debut como capitán. El día D, de David. El día de él. El día D de desencanto. El Día D, de desolación
Ese día. El que menos se esperaban.
El día de la semifinal de la SuperLiga. El vencedor enfrentará al Pachuca de México el 29 de agosto.
Y la tribuna estaba casi desnuda con su epidermis con el salpullido verde de las ausencias en las butacas.
Después de tanto esperar su debut con el brazalete de líder, él se quedó esperándolos a tantos, a todos.
David Beckham pisó la cancha. Volteó a la tribuna. En los ojos azules se metió el verde del desencanto, el verde del vacío, ese verde que era silencio, indiferencia, desidia.
Hizo girar el pescuezo recorriendo la periferia del abandono. La afición que tanto anhelaba verlo era la afición que en ese momento él tanto anhelaba ver.
La cita correcta, en el momento incorrecto.
Se encogió de hombros y se metió a lo suyo. A la pelota y el calentamiento con el resto de sus compañeros.
Consciente o inconscientemente, apretaba el pie contra los parches de césped.
El jugador emblema de la MLS, el lujo de la MLS, el lujo del Galaxy, debutaba como titular, como capitán, como esperanza, en la cancha de lujo de la MLS convertida en un campo de siembra.
David Beckham se encontró con los vestigios de una cancha de futbol. La celebración de los juegos X Games le había levantado la piel tersa pero los implantes eran un desastre. El sarape de seda del Home Depot Center era una sábana de parches sobre parches, de remiendos sobre remiendos, de remedo de campo, sobre remedo de campo.
Beckham igual mantuvo la sonrisa y distribuyó la pelota mientras calentaba ese organismo de 32 años, operaciones, infiltraciones, gestas heroicas, pasión por el futbol y devoción por esa misma pasión.
Era su noche. No como él la esperaban. No como la esperaban todos. Pero era su noche.
La tribuna empezaba a poblarse, lentamente. Muy lentamente.
Cuando Beckham y su corte regresan a su santuario, la panorámica de la tribuna seguía en verde, que por primera vez, en la connotación de su tono significaba desolación.
Los organizadores habían regalado cinco mil boletos ayer mismo para rescatar la jornada.
Otros tres mil fueron a dar a las manos de los aficionados al tenis que vieron como unas piernas más deseables y acariciables, capaces de parra otros tráficos y otras pasiones, se habían quedado quietas. Nuestra María Sharapova, la María de todos, se había lesionado. Y si su raqueta y sus piernas se quedaban quietas, y si su colita, la rubia, la de cabello, no serpenteaba en el aire no había motivo para quedarse ahí. La empresa decidió transar sin “transear”: el aficionado podía cambiar su boleto por efectivo o por la cita de ayer. La mayoría accedió. Cambiaron a la rubia por el rubio.
La cita es ineludible.
Los equipos regresan a la cancha.
Contra el protocolo, Beckham encabeza el desfile en las presentaciones. No es el número uno en la alineación. Ese sitio es del arquero Joe Cannon. Pero es el número uno de este Día D, de esta noche, de este equipo, de este estadio, de esta liga.
Y cuando su nombre retumba en el sonido local con el sabido “número 23, Daviiiiiiiiiiiiiiiiid Beeeeeeeckhaaaaaaaaam”, las juveniles sopranos de la histeria, de los gritillos aniñados, como en película japonesa de terror saltan agudos, lacerantes, incómodos, desde la tribuna, con el chillido espeluznante de una minina en celo en la arrobadora noche de luna llena.
Y hay más ironías.
Irónico que en el juego ante el Chelsea, ese día de los 16 minutos, ese debut que no sació hambres, había 400 periodistas acreditados. Aquel desfile excesivo de representantes se vio reducido. Pocas cámaras, pocos lentes, pocas grabadoras, pocos colados, pocos gorrones, pocos intrusos.
Anoche en el palco de prensa del Home Depot Centro sobraron sillas, sobraron boletines, sobraron teléfonos.
Sobraron los que ayer faltaron.
El himno. Las fotos. Los saludos.
El silencio. La expectación.
Para entonces la tribuna se ha vestido con decoro. Se reducen las zonas desnudas. Unos 17 mil quieren ser testigos de honor del advenimiento del inglés.
Las cámaras en la tribuna. David Beckham se reacomoda el cortísimo cabello. Manda un beso a donde se encuentra Victoria como prometiendo la victoria.
El árbitro Alex Prus lanza su primer chillido.
La pelota rueda.
La primera con destino a Beckham, con su obesa y perfecta humanidad, incluidos sus 360 destinos misteriosos.
Parece sonreír, premonitoria tal vez de que al principio triste, silencioso, le llegaría un final feliz, ovacionado, memorable.

August 17th, 2007 a las 10:44 pm
ME ENCANTO TU ARTICULO DEL DIA MIERCOLES 15 DE AGOSTO. RECOGI EL PERIODICO Y LO LEI EN VIA A SAN FRANCISCO, CA. Y ME ENCONTRE CON TU PRENDA DE REPORTAJE. ME ENTERE QUE DISPARO UN TREMENDO GOL, PERO TU REPORTAJE HABRIA HECHO ESO EN MI MENTE CON ANTERIORIDAD. SALUDES. BIEN HECHO. MONICA LOZANO DEBE ESTAR MUY CONTENTA CON TRABAJO.
RAMON A. BARBIERI
August 17th, 2007 a las 10:47 pm
Excelente, refrescante, muy acertada, de buena riqueza literaria la cro’nica.
Vi el juego y su escrito es un reflejo de lo acontecido en cancha.
Carlos H. Lozano
THE HISPANO/Newspaper
EDITOR