Simplemente letales
BOSTON.— El espejismo histórico de Puerto Ordaz, en la Copa América, se hizo añicos. Con un hombre menos, en cinco minutos, Brasil aplacó la sublevación mexicana. 3-1 el desenlace. Y una lección: ante la sublima inspiración de Brasil, no basta la sublime transpiración mexicana.
De ello dieron fe 67,584 aficionados en el Estadio Gillette, en una fiesta mayúscula de futbol, con un equipo mexicano que se desmoronó cuando el marcador era 1-1 y tenía un jugador más por la expulsión de Elano.
En cinco minutos, Kaká (81’) y Alfonso (86’), rompieron la paridad del 1-1 que en el primer tiempo habían firmado Juan Carlos Cacho al 43’ y Kléber al 44’.
Duelo cargado de lujos y ornatos de Brasil y de gallardía por México, que tras una estoica, eficiente y consistente defensa flaqueó en cinco minutos ante los contraataques amazónicos.
Si Brasil quería venganza, la tuvo. Si México quería pavonearse de contener a Brasil, tuvo 81 minutos de gozo que en cinco se fueron al pozo.
Nery pujante, grato, igual que Guardado, Torrado y Cacho. Una zaga sólida con cinco minutos de demencia. Giovani y Carlos Vela, sin oportunidad al ir de recambio. Ochoa, a su altura.
El universo en Foxboro es de Brasil. La tribuna, la cancha y la pelota. Es decir, los utensilios del futbol.
Someten a México. No es el Brasil aburrido, desesperante y desesperado ante Estados Unidos.
Estos traen la adrenalina en ebullición. La memoria duele. Porque subieron al podio glorioso de la Copa América con el smoking raído por la derrota ante México.
Y no sólo quieren vencerlo, quieren dominarlo, someterlo, verlo de rodillas. Le esconden el balón, le muestran su repertorio de magia. Prestidigitadores del balón. Tahúres de la cancha.
Y México sufre. Guillermo Ochoa como aquella tarde de fuego en Puerto Ordaz, se multiplica como el milagro de los panes y los peces, para contener disparos a los 13’ y a los 15’ de Robinho, Vagner Love y Ronaldinho.
Un mortal ateo conspira contra los dioses del futbol.
¿México? Tiene poco la pelota y la retiene mal. Nery Castillo quiere repetir aquella jornada de ensueño propio y pesadillas ajenas. Esta vez no hay pausa ni tregua.
A los 21’, el espejismo del gol. Cacho y Guardado se buscan, esconden la pelota con la malicia fragante y flagrante de la inspiración. Sirven y dejan a Arce en el área, con ventaja, pero estrella su balón en el arquero.
Para entonces, ya México individualiza la persecución y apuesta por la marca mixta. Brasil baja el ritmo, porque México lo aísla.
Serenidad del Tri y parsimonia de Brasil, que cede la marca en media cancha. Ni dominador ni dominado, porque uno se relaja y el otro se rebela, pero la pelota sigue, siendo bien tratada siempre, especialmente por Ronaldinho, transitando principalmente en el patio frontal del Tri.
Pero tras la marea de lava amarilla, México emerge con el arma del contragolpe. Nery recupera por izquierda a pura testosterona. De inmediato al área. Guardado prolonga sabiamente a Cacho, quien controla y empuja. 1-0 al 43’.
El festejo mexicano en la tribuna se ve rebasado por el resoplido frustrado de los brasileños.
El carnaval dura menos que un minuto. El 1-0 desconcierta más al victimario que a la víctima. Cobro de esquina de Ronaldinho, Kléber anticipa a primer poste y fulmina. 1-1 al 44’.
Los durmientes en la marca, Magallón y Salcido, reclaman una mano. Y al reposo. El primer tiempo fue tan correcto que ni Baldomero Toledo pudo corromperlo.
Para el regreso no hay cambios, porque no ha cambiado el desafío. Es todo personal.
Brasil quiere la rectificación y México la confirmación. Sólo el marcador puede ser juez y parte del veredicto.
Los minutos cambian las vestimentas. Del querer ganar del primer tiempo, los dos pasan al no querer perder en el segundo.
Brasil hace lo más decorativo y futbolístico. Elano por Love pone orden en la cintura. Desplantes de Kaká y Ronaldinho van pagando centavo a centavo el boleto. Como al 65’ cuando Ochoa saca acrobáticamente un fulminante disparo del barcelonista o cuando Guardado despeja en la frontera del gol un frentazo de Robinho al 66’ o de nuevo el felino Ochoa, a los 70’, cuando Edú martillea en el vestíbulo del gol.
Hugo Sánchez cambia futuro por presente. Giovani y Carlos Vela ingresan por Nery y Cacho al 74’.
La justicia necesita un instante para dar su veredicto.
Maicón a fondo por derecha, su servicio es adormecido por el hasta entonces impecable Márquez.
La pelota queda muerta en el área y la invitación la sella en la red Kaká. 2-1, al 81’.
Un minuto después, viejo zorro, Gerardo Torrado negocia una argucia. Puntea la pelota y Elano tira un swing de vuelta completa. Patada, drama, clavado y roja. Brasil se queda con diez a 10’ del final.
México volcado y Brasil paciente, sufriendo, pero paciente. Y cobra. Al 86’, despeje de Julio César desde el fondo. Alfonso, con todas las ventajas físicas, deja la pelota botar, la acomoda y lo que sale dinamitado de su pierna derecha elude, por compasión, por humanismo, el lance de Ochoa, para no hacerle daño y sólo hinchar la alegoría del gol en las redes. 3-1.
El final. Y el pacto de caballeros: Giovani y Ronaldinho, de socio a socio, de compañero a compañero, de alumno a maestro, intercambian camisetas.

September 13th, 2007 a las 7:41 am
Rafael, tremendo comentario, muy buen poeta el muchacho,
Me has hecho reir en todo el reporte, gracias.