Que le guste, que le cuadre…
CANCÚN, México.— El primer chaparrón de la mañana había humedecido a la siempre húmeda y transpirada y transpirante Cancún.
Eran las 11:00 a.m. Rondaban como fieras con el puñado de billetes en la mano, expuestos, ofrecidos, ofrendas vivas. Todos por un boleto.
Y con la angustia, la duda indigesta, de si podrían conseguir las entradas o no, empezaron a reñir entre sí, a gruñir, a ladrar con el arma dispuesta a herir y ser herida.
“Les guste o no les guste, les cuadre o no les cuadre, el Atlante es su padre”, gritaba un puñado de azulgranas frente a la puerta 11 del Estadio Andrés Quintana Roo.
Y la respuesta, muy al estilo Pumas, que poco tiene que ver con las consejas de la UNAM.
“Les guste o no les guste, les cuadre o no les cuadre, ésos del Atlante que chin… a su ma…”, y enseguida la carcajada generalizada al rugido puma, obsceno sí, macuteno y perdulario también, pero eso sí, muy puma.
Pero los de enfrente no están mudos, ni tontos, ni limpios de pecado ni de procacidad lingüística.
“Esos sí son hijos de puma, hijos de su pu… ma…”.
Nada ejemplar para una niñez bronceada, mestiza, azulgrana, indígena de rostro, con esa piel de folklore ancestral.
Pero la chamacada ríe, quedando claro que en los rincones de las escuelas se aprende más para la vida y de la vida, que en las aulas de las escuelas.
El clima enloquece sobre Cancún.
Al mediodía se toma una ducha de 30 segundos, pero qué ducha.
“Y el cielo también lloró”, publicarán hoy los cronistas de lo obvio, sea cual sea el resultado.
Pero los ánimos no se enfrían.
Boletos hay. En manos de fariseos. El tráfico de influencias ante la directiva del Atlante y el tráfico de boletos ante las narices de la policía.
¿Y usted por qué no hace nada?, se le pregunta al oficial policiaco número de placa 3619.
“¿Usted ya trae boleto? [responde] ¡Aaaaah! ¿Reportero? ¿Quiere ver el juego en el estadio o en los ‘separos’ y ahí le pregunta a mi jefe? Circule, circule”, responde.
Boletos hay. Los boletos de 18 dólares en 100 dólares. Los boletos de 700 dólares en 1,500 dólares.
Y sí, boletos hay, dinero también.
“Le doy mil pesos por su acreditación. Bueno, 1,500″, ofrece el traficante de pasaporte al paraíso de 90 minutos.
¿Y en cuánto la venderías?
“Uuuuh, tres mil varos, tranquilamente”, responde.
Las avispas se acercan a la colmena. Y los que llegan vestidos de civiles, ahí compran sus propias túnicas de batalla.
En estos casos, el hábito sí hace al monje.
Las camisetas del Atlante con toda esa publicidad, con todos esos invasores de los colores legendarios, más de fracasos que de victoria, pero aun los caídos y los vencidos tienen sus propias historias y sus propios mitos, esas camisetas se venden en 150 pesos, unos 13 dólares.
Igual se cotizan las de Pumas, con ese felino de un dorado desteñido que pasa a ser casi plateado, en franco desacato, en franca herejía a una nación universitaria donde transitaron irrepetibles como Hugo, Cabinho, Muñante…
Y están las casacas conmemorativas. Los escudos de los dos equipos, la fecha, la sede y la leyenda de la final del Apertura 2007. El ingenio se cotiza más caro.
“Son exclusivas, mi jefe, son únicas, patroncito, por eso cuestan 200 pesos. Pruébese la que quiera sin compromiso”, explica el vendedor, pero cuando revisa las dimensiones del reportero, recapacita: “Pero para usted no hay. Nomás tenemos tallas normales”.
Las horas pasan y las tripas rechinan.
Todas las tripas. Las que se retuercen vivas dentro del organismo y las que se retuercen resucitadas sobre gigantescos comales inundados de grasa, donde los radicales libres cancerígenos ya chapotean dispuestos a atacar el aparato digestivo.
El menú de la industria gastronómica de esquina pulula en la zona. Al pastor, de buche, de asada, de cabeza, de sesos, de lengua, de ojo.
“Están fresquesitas, todavía estaban ladrando esta mañana, ja, ja, ja. Anímese”, invita el taquero mientras con la misma diestra con la que prepara el manjar, el maná mexicano, con esa misma mano se limpia la sudorosa frente, mientras que con la otra sana un abrupto ataque de hemorroides.
Alta cocina, pues.
Claro, por un dólar, tan apetitosa fauna en tan pequeña arma biológica, es un precio moderado.
Otro remojón de esta ciudad que vive bañándose seis veces al día.
Para entonces el tráfico de la única avenida accesible es un estacionamiento que ronronea mentadas de madre, insultos, claxonazos.
La congestión se alivia cuando se abren las puertas del estadio, impactante cuando está vacío porque el decorado debe ser obra de un daltónico, pero que empieza a embellecerse cuando se llena de ansiosos, de gente, de pasión, de canto, de nuevas batallas verbales.
Y la hora. El desenlace. Himno. Patria. Desfiles. Explosión en la tribuna… y también brotes de violencia.
Una historia en la cancha en una ciudad donde pasa de todo y donde pasan todos, pero nunca antes una final del futbol mexicano.
Tensión. Drama. Salva Vilar. Salva Bernal. Dureza. Rudeza. Faltas. El árbitro Armando Archundia. El temor a la victoria. El temor a la derrota.
Y al final, prevalece aquello de: “Les guste o no les guste, les cuadre o no les cuadre, el Atlante es su padre”.
La ciudad no dormirá. Algunos tienen sueños que enterrar. Y otros, los menos, tienen pasiones que preñar de carnaval y futuro.

December 12th, 2007 a las 8:39 pm
hola sr. Ramos me dan mucha pena sus comentarios absurdos, le digo esto porque si mas no recuerdo, el martes pasado usted dijo que el atlante nunca quedaria campeon porque su propietario era una persona no grata en el futbol mexicano y vease ahora se tiene que tragar sus propias palabras o no. espero una respuesta
December 17th, 2007 a las 4:02 am
noresponden nunca
December 21st, 2007 a las 12:48 pm
NO SEAN ARDIDOS SI EL SR. RAMOS SABE ESCRIBIR Y USTEDES NO, MEJOR PONGANSE A ESTUDIAR