Los 4 Fantásticos… derrochadores
Es tiempo de compras de pánico. Varios equipos del futbol mexicano empiezan a mostrar la fragilidad de sus estructuras y la monumentalidad de su desesperación.
Es curioso: Chivas mantiene la calma y espera que el jueves, a más tardar, tenga consolidado un refuerzo. La pelea sigue siendo por Pablo Barrera, y Pumas se está dejando pedir cinco millones de dólares. Sería la única compra de los rojiblancos.
Pumas, Toluca, Santos y Atlante, con las credenciales frescas del torneo anterior, mantienen la base fundamental de sus equipos tratando solamente de resanar las ausencias inevitables, en este caso, con los azulgrana, las salidas irremediables del “Chícharo” González y de Nkong.
En tanto, con las billeteras sufriendo de galopante evacuación, Cruz Azul, América, Monterrey y Tigres siguen desoyendo reflexiones lógicas del trabajo organizado y estructural.
Cruz Azul, entre las negociaciones de Richard Núñez y “Chelito” Delgado, espera recolectar suficiente para reforzarse con las llegadas de Blas Pérez, Jimmy Lozano y Pablo Zeballos, cuya operación debe progresar mañana.
América, que sacó la escoba, ha puesto en capilla a promesas como Esqueda y Mosqueda, se ha desecho de dos defensas centrales a los que debió honrar, homenajear y retirar hace un año, mientras espera que Sebastián Domínguez y Núñez le ordenen la casa al “Ruso” Brailowsky.
Lo de Monterrey y Tigres ya es para escandalizar.
Primero ahora se da el tránsito de ex jugadores entre ambos equipos, en una burla a una antigua y aguda rivalidad, dejando en claro que esa visión empresarial de los hombres de negocios regios, ávidos, contundentes, perfectos casi, cuando se habla de futbol, parecería que sufren de un abrupto ataque de dislexia que les impide coordinar con sentido común el manejo de sus equipos.
Monterrey trata de resolver el caso de Humberto Suazo, que terminará en San Lorenzo o Independiente, en otra sorna como la que perpetró contra la institución Leandro Gracián. Ninguno de los dos cumplió y se llevaron una suma para asegurar su vida si tuvieran que dejar de jugar.
Los Rayados añaden a un Jared Borgetti que, ojo, es muy probable que tenga su segundo y último aire, y encajará perfectamente en un equipo que ve llegar a un Robert de Pinho de triste peregrinar por Europa, con su episodio final en el Betis de Sevilla.
Tigres, en tanto, recluta a la “Gata” Fernández, que quedó a deber con Monterrey al grado que el equipo regio lo dejó ir al no hacer efectiva la opción de compra a un costo de 1.1 millones de dólares, mientras que los felinos gastan tres en su adquisición.
Lo cierto es que en ambos equipos, especialmente en Tigres, llama la atención esa capacidad para desechar jugadores como si fueran pañuelos faciales y de repente invertir con la escandalosa soltura de una adicta a las compras en el viernes posterior al Día de Acción de Gracias.
Al final, queda claro que las lecciones que van dejando otros equipos que trabajan más e invierten menos, poco efecto tienen entre los equipos desahuciados por la gloria de un campeonato.
América lleva, en un año, siete títulos prometidos y ninguno ganado, vamos, ni siquiera ha podido terminar ni como el mejor de los InterLiga. Ha perdido Libertadores, Sudamericana, Mundial de Clubes y los campeonatos domésticos.
Es decir, se consuela, nada más, con resultados favorables en los Clásicos, que son aspirinas para esa ansiedad de un título, porque en la memoria de Alzheimer de sus seguidores, la conquista de 2005 ya huele a vejestorio, y es entendible que se le exija a un equipo que aceptó los riesgos de los vendavales de vítores y de vituperios, al querer convertirse en el ojo de tormentas del futbol mexicano.
Para Cruz Azul, Tigres y Monterrey, los títulos parecen ya una fábula urbana, poco creíble para sus nuevas generaciones de seguidores, y convertidos más en un cuento de abuelos que en una verdad palpable torneo a torneo.
De los cuatro casos, el más lamentable es el de Cruz Azul. Su problema es que las mismas personas son las que siguen tomando decisiones, que no parecen equivocadas en el papel, a excepción claro de ese increíble desliz, de creer ver en Isaac Mizrahi a un técnico.
Queda claro que los Álvarez Cuevas están lejos de ser unos sinvergüenzas, de ser unos tontos o una combinación de ambos defectos.
El problema es que quieren tratar a cada futbolista como si fuera un trabajador de la Cooperativa Cruz Azul. El problema es que los cooperativistas, dentro del formato laboral y empresarial que viven, saben del poderío del trabajo colectivo, solidario y gremial, mientras que la institución parece tener una notable facilidad para contratar embaucadores que no les han dado nada, ni en la banca ni en la cancha, y que encima, en lugar de ser exigidos, se les mima en exceso.
A final de cuentas, con todo y lo antipáticas que resultan ser las Chivas para muchos, para casi todos, bueno, marcan la pauta a seguir en el futbol mexicano al terminar el torneo anterior haciendo el futbol más agradable al lado de Santos y el campeón Atlante.
Pero ya no se sabe si los dirigentes de muchos de los equipos mexicanos son víctimas o son cómplices –autorrobo, pues—, en la desaforada fuga de dólares por jugadores que ya demostraron que no quieren o no pueden en el futbol mexicano, y además embarcándose en aventuras de alto costo y alto riesgo.
El tamaño de su fracaso es el tamaño de su pánico.
