Cuando deja de subir agua al tinaco…
Es un mal chiste regiomontano.
Murieron al mismo momento Mario Carrillo, Hugo Sánchez y Ricardo La Volpe.
El Creador los recibió a los tres y preguntó a cada uno sobre su gran preocupación en el mundo.
Hugo habló del medio ambiente y Dios lo sentó en una silla a su lado izquierdo.
Y Carrillo defendió el derecho a la espiritualidad de las personas. Y Dios lo sentó en la silla a su lado derecho.
La Volpe lo encaró: “Usted y yo tenemos un problema”.
“¿Cuál?”, respondió el divino interlocutor ante la molestia del argentino.
“Que usted está sentado en mi silla”, contestó La Volpe.
No es para reírse, sino para preocuparse.
¿Cuándo empieza un técnico a perder el rumbo de su propia profesión?
Más aún, ¿cuándo empieza un técnico a perder la noción específica de sus virtudes y de sus defectos?
Los casos de Carrillo en el Puebla y de La Volpe en Monterrey, están ya en los vestíbulos de la demencia.
Carrillo asegura que este Puebla, incapaz de ganar y de gustar, es el mejor equipo que ha dirigido y que no ve límites en su crecimiento, además de divulgar orgulloso y creyente, que su vidente “Mamá Toña” —María Antonieta Márquez—, es fundamental para su equipo.
La Volpe, tras la quinta derrota consecutiva, esta vez ante San Luis, decide entregarse a las manos de Dios y culparlo de su desastrosa campaña con 13 puntos, 15 goles a favor y 24 en contra.
“Si es decisión de Dios que pase por esta mala racha, lo aceptaré”, dice con una sumisión digna del Santo Job.
Culpan, además, a sus jugadores, a la prensa, a sus directivos y, como alcohólicos irredentos, se permeabilizan y desde su refugio, en el útero de su propio engaño, promulgan ser víctimas de un complot.
Incapaces de un acto de contrición, de sinceridad, de autoanálisis, endosan al resto de la humanidad, y al infortunio, el flagelo que les imponen sus propios errores.
En el caso de La Volpe, su soberbia, su colosal arrogancia, lo lleva a reencontrarse con su lamentable personalidad, luego de haber engañado, con mucho éxito, a propios y extraños, durante el torneo anterior, cuando incluso en liguilla elimina a Chivas y con un futbol agradable, contundente, vivaz.
Después, La Volpe vuelve a ser La Volpe. Y el caos vuelve a su vida.
El argentino, engañado por los gases envenenados y venenosos de su particular egolatría, le hace pensar, nuevamente, que el mundo no lo merece y ensucia, pervierte, el entorno de su propio equipo.
Hoy desprecia a todos con la misma vehemencia con la que todos lo desprecian a él.
En el estallido de sus propios trances, terminó hace unos días por lanzar su auto contra los reporteros que aguardaban afuera del entrenamiento del Monterrey, en una maniobra que de tan forzada dejaba en claro que trataba de hacer daño, y no era sólo una mala peripecia de un chofer inexperto.
Uno de los mejores estrategas de México, genial para leer, adivinar y resolver un enmarañado juego de futbol, La Volpe le jugó el dedo en la boca al balompié azteca, haciendo creer que había cambiado, cuando la realidad es que, como ente, como ser humano de dudosa racionalidad, ha empeorado.
Lo de Carrillo es menos macabro, menos truculento, y de no ser por la vehemencia de convicción en sus reflexiones, se le debería premiar por la comicidad de sus lances, de sus desplantes y de sus aseveraciones.
Autor intelectual de la doble conquista de Pumas, de la mano de su alumno Hugo Sánchez, Carrillo ha dejado constancia de su sabiduría en el mismo terreno que La Volpe.
Pueden leer y jugar un ajedrez futbolístico sin piezas en el tablero, pero no son capaces, ninguno, de mantener coherencia, sino que por el contrario son mellizos de la incoherencia.
Si La Volpe empeñó a México en el Mundial 2006 al entregarlo en manos de una vidente, doña Cathy, ahora Carrillo, en aras del oscurantismo, al igual que el argentino, se desborda como si fuera dogma de fe, a las elucubraciones de su vidente “Mamá Toña”.
¿Dónde, cómo y cuándo se pierde de manera tan dramática, tan penosa, tan cruel, a dos tipos capacitados para hacer del futbol un deleite y un instrumento de victoria?
Un escritor británico, Gilbert Keith Chesterton, razona que “la fantasía nunca arrastra a la locura; lo que arrastra a la locura es precisamente la razón. Los poetas no se vuelven locos, pero sí los jugadores de ajedrez”.
Lo deleznable, al final, es que, donde ambos se encuentran, queda claro, no hay camino de regreso… lamentablemente.

October 30th, 2008 a las 5:13 pm
La verdad es, que es tan cierto lo que el Capo dice, acerca de Lavolpe, Hugo, y Carrillo, es el trio de sangrones mas grades del universo, esos 3 no dan cavida, a mas, soberbia que la de ellos 3, que la verdad ellos tienen para dar y prestar, simplemente son odiozos, los 3, y la verdad que pobres de los jugadores que les toca que ellos los dirijan, pero lo cierti seria que los jugdores lo que ganan,”que es bastante”lo dequitan soportando a esos, ergumenos,llenos de sobervia.