La última página también tiene 90 misterios
Un rompecabezas de misterio y de suspenso. Así quedó armado y fragmentado el desenlace del Apertura 2008 para definir la liguilla.
Parece un desenlace fraguado a la alta escuela, como si en cónclave Conan Doyle, Maurice Leblanc, Agatha Christie, Alfred Hitchcock, Allan Poe, y para envolverlo de elegancia, tersura y poesía, Juan Rulfo, hubieran orquestado semejante complot contra la ansiedad, el morbo y la curiosidad de los aficionados al futbol mexicano.
En el Grupo de la Muerte no hay ningún muerto, y el único sobreviviente, maltrecho, jalando aire como pez con asma, es Pumas, pero hasta el América, con una sofisticada mezcla de coincidencias, podría meterse al pleito final por el título.
Sin duda lo inesperado ocurrió en la penúltima fecha porque Tecos, Morelia, Chivas y Cruz Azul, dieron menos de lo que debían y de lo que de ellos se esperaba.
Encima, como para cuestionar complicidad antes que inocencia, como para sospechar antes que deslindar, como para dudar antes que considerar, hay dos elementos puntuales en el desenlace del torneo.
1.- Que los partidos donde se involucra el pase a la siguiente ronda no se jueguen a la misma hora.
En realidad en todos los encuentros hay de por medio o un boleto a la liguilla o la posición final de alguno de los grupos o en la tabla general.
Es decir, para evitar suspicacias, simplemente los nueve encuentros deberían jugarse simultáneamente.
2.- En el caso del Grupo 2, América se enfrenta a su hermano menor, el Necaxa, como para salpicar de recelo, de suspicacia, el cierre del torneo.
Nadie tiene pruebas de que haya ocurrido o pueda ocurrir alguna componenda por el hecho de que sean ambos equipos propiedad de Televisa, pero tampoco nadie puede comprobar que no pudiera ocurrir, especialmente en un torneo caótico para ambos, que las Águilas podrían maquillar de consuelo si logran meterse a la fase final.
No hay que olvidar que América rompió su cadena de desgracias ante su otro hermano menor, el San Luis, y aunque no hay elementos tangibles como para estigmatizar con sospechas de chanchullo o amaño el resultado de ese juego, en su momento se insistió en la extrañeza de ver a jugadores ubicados en otras funciones, con otras líneas de recorrido en la cancha, puntualmente, por ejemplo el de Braulio Luna, por indicaciones del técnico.
Esto sólo nutre de chismorreo a los mal pensados, pero no puede jactarse nadie de que sea una prueba o un indicio de que se haya pactado el resultado.
Si bien lo de América contra Necaxa es una casualidad de la mecánica para reciclar el calendario de los torneos, lo cierto es que el escepticismo sería prudente si al menos los encuentros se jugaran a la misma hora.
El motivo de que no ocurra así, es ya bien sabido.
Las televisoras, en plena reunión de dueños de equipos de la Primera División, ejercieron inmune e impunemente su oficio de titiriteros y explicaron que jugar la jornada de esa manera les representaba en reembolso a sus patrocinadores algo así como 10 millones de dólares por no transmitir los encuentros completos, la mayoría en vivo y en directo.
Y como todos los clubes, todos, absolutamente todos, comen de las manos generosas de las televisoras que desparraman sobre la mesa las monedas de sus beneficios para que los equipos sufraguen sus gastos, pues no les quedó otra a los dueños que salvar a sus dos gallinas de los huevos de oro.
De esta manera, sin decoro, las televisoras harán un comercio descarado, legítimo, sin embargo, con la última jornada, porque es claro que los aficionados mexicanos estarán con los ojos pegados a cada uno de los nueve juegos del fin de semana, con una calculadora en la mano y la veladora en la otra, con la garganta a punto para el festejo y el lamento, y en el resuello resoplando las oraciones conducentes.
Es decir, el panorama final de la jornada 17 queda como un festín generoso para que todos coman su porción con avidez.
Habrá quienes se inconformen, técnicos y jugadores principalmente, pero también debe quedar claro que aquellos que permitieron que se llegara estas instancias de misterio y suspenso, sin hacer su trabajo dentro de la cancha, son tan culpables que no tienen derecho a quejarse, sino, más bien, deberían ser cómplices silenciosos y avergonzados en este atraco a la buena fe del aficionado mexicano.
Por otro lado, sin duda, a pesar de que este torneo es uno de los más pobres en calidad futbolística y espectacularidad, al menos, entre el marasmo de mediocridad, se rescata ese obsequio final: el del drama oculto en la última página del Apertura 2008, en la que aún quedan 90 minutos de misterio por desentrañar.
