Parecía un juego inútil. Indeseado e indeseable incluso. Venezuela se veía como un adversario desaliñado, inoportuno para todos, excepto para quienes están detrás del negocio de vender a la suripanta de lujo de la Concacaf: la selección mexicana.
Aún con el saldo de victorias sobre Ecuador (verdugo reciente del Tri) y sobre Bolivia –lo cual muestra la evolución de los llaneros–, Venezuela se veía como un príncipe menesteroso destinado a bailar en turno con la eterna Cenicienta del futbol mundial a la que lamentablemente siempre se le rompe el encanto en la medianoche de la segunda ronda de un Mundial y la fábula y la metáfora quedan inconclusas porque la zapatilla de cristal del milagro, nunca aparece.
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